Es invierno en esta parte del mundo

Hoy estaría en esa ciudad hermosa y helada que se llama Montevideo, pero resulta que estoy acá, en mi isla de siempre, mirando a les docentes de un seminario en el mismo monitor que miro mis películas. Nos da clase Yaël desde París, pero somos más de doscientas personas escuchándola, desperdigadas por el mundo. Una directora ecuatoriana pregunta, con visible preocupación, cómo se hace para dar con una editora. O cuál se supone que sería la manera de elegir a quien va a acompañarla en su proceso creativo. Me imagino lo difícil de entregar algo tan íntimo y sagrado (el material, encima documental) a una desconocida. Yaël le responde: conocé a la persona y fijate si te escucha.

Hace poco leí una entrevista a una montajista argentina, decía algo maravilloso: que el montaje es una relación profunda entre quien dirige y quien edita, pero sobre todo es la capacidad de hacer silencio para escuchar al material. Porque el único que tiene que hablar es él; lo demás, es ruido.

Y en este tiempo de silencio obligado, ausencias y espacios vacíos, aparece una pregunta que ya no es sobre el futuro del montaje, sino sobre el presente: ¿se puede editar a distancia? Si no te veo, si no siento el campo magnético que tu cuerpo genera alrededor. Si no escucho el tono y el volumen de tu voz, como sonaría en el aire de esta isla, ¿estás ahí realmente? ¿te podré entender, de la misma manera que si nos miráramos a los ojos? ¿qué va a pasar si no?

Me da miedo lo volátil de las palabras pronunciadas en modo virtual; las que decimos en persona también desaparecen, pero quedan impresas de otra forma en la memoria. Porque son parte de un espacio-tiempo que el cuerpo habitó. Y eso las hace distintas.

Estar cerca o estar lejos. Sentirse cerca o lejos. Aquí, allá, en otro lugar.