La consistencia de la soledad

Los procesos de montaje son, inicialmente, una larga charla conmigo misma respecto a lo que pienso acerca de esas imágenes y esos personajes. Primero me digo cosas, escucho esa voz. Nunca muestro un corte a un director o directora cuando aún no logré responderme las preguntas centrales. Un armado es también una manera de decir, de proponer cuál sería la mejor manera de contar con ese material. Esas conversaciones internas casi siempre las voy escribiendo en el papel de mis cuadernos (cada película tiene uno) y entonces puedo registrar mis pensamientos y sensaciones en cada etapa, algo que es dinámico y se va transformando. Así se configura un bello diálogo, que es de lo más sagrado que tiene este trabajo. Una conversación en donde solo yo escucho y, al mismo tiempo, soy quien hace las preguntas. Las respuestas posibles las ensayo sobre la línea de tiempo: acortar algo, sacar una parte de los textos, regular el tono. Pensar cómo tiene que hablar un personaje. ¿Diría eso, lo haría de ese modo? Con los años, me di cuenta de que una de las cosas que más disfruto es trabajar sobre los diálogos.

Ayer no tuve un día fácil. Había entrado en el vértigo de la comunicación simultánea, los mil mensajes que responder, las personas que van apareciendo en globitos de chats y preguntan cosas mandan cosas piden cosas. Los mails en letra negrita, acumulados en la bandeja de entrada. En un foro que probé, sus creadores no dejan responder al instante. Si alguien quiere hacerlo, le recomiendan esperar dieciocho segundos antes de escribir. Suena lógico, considerando esta vorágine en la que vivimos, que permanece igual en cuarentena: sin alteraciones en estos dispositivos mediadores de la palabra. Me pregunto si habrá algún estudio que justifique el motivo de los dieciocho segundos. No me imagino qué cosas atravesarán nuestro cerebro en ese pequeño lapso de tiempo.

En medio de ese caos y la lista de tareas pendientes, respondí un mail que había recibido la semana anterior. Y hoy me vino una duda: si quizás, en medio de ese tumulto, no había sido lo suficientemente cuidadosa con la directora. Entonces lo leí de nuevo. Ese recorrido sobre mis propias palabras es algo que hago con cierta frecuencia. Otro contexto y estado de ánimo, me hacen dar cuenta de cómo es realmente lo que escribí. Al terminar, me arrepentí de no haber esperado hasta hoy para mandarlo. Me traté de poco amable mientras preparaba la cena. Fue casi en lo único que pensé. La idea me inquietaba (me cuesta perdonarme un mal modo) y unos minutos después leí nuevamente el mail.  Lo que pensé en esa nueva relectura es que finalmente estaba bien, que había sido una dureza necesaria. No sé de qué estará hecho ese filtro que nos hace sentir las palabras con un tono o con otro, aunque sean siempre las mismas. Eso también es una pregunta recurrente.

Hace poco tuve que aprender cuál era el significado exacto de la palabra retórica. La había escuchado mil veces, pero para mi quería decir algo relacionado al artificio. Me imaginaba una persona talentosa en ese arte, usando las palabras de modo persuasivo o manipulador con el fin de lograr algo en su beneficio.  Como una serpiente que se envuelve sobre sí misma, un pequeño abuso de poder sobre la persona que escucha. Ahora, en cambio, pienso que es una palabra hermosa y que me hace desear un lenguaje más límpido, claro y preciso. No sólo para mí, sino para todes.

Cuando pienso en mi manera de hablar o escribir, siento que está llena de pequeñas recopilaciones de las cosas que me gustan. Primero que nada, de quienes han sido mis referentes. Pero también de las personas que tuve cerca, como parte constitutiva en alguna etapa de mi vida. Sus expresiones se quedaron conmigo, aunque ya no estén. A veces, me encuentro diciendo algo y puedo identificar de dónde viene. Me gusta ese pequeño hallazgo de la memoria. O escuchar a alguien hablando con palabras que me son familiares y preguntarme si no es de ahí que lo fui tomando. Las palabras que elegimos usar y la manera en que las hacemos relacionarse entre sí. Un montaje, pero hecho de letras.  Finalmente, la retórica, es una mezcla de todas estas cosas sumadas a cierto estilo o belleza.

Editar es una tarea que comienza con largos diálogos internos acerca de las cosas que miro. Una charla conmigo misma donde me hago preguntas y trato de responderlas. No se parece en nada al otro diálogo interior, ese que nos aturde en el cotidiano, la voz que escuchamos durante nuestra vigilia diurna, suponiendo, valorando, juzgando. Esta es una voz entusiasta, que intenta relacionar cosas, acercarse a primeras definiciones. Por eso nuestro primer contacto con el material, siempre es personal e íntimo. Hay un encuentro de igual a igual. Como si nos quedáramos solas en un lugar con alguien que no conocemos y le hiciéramos preguntas sobre su vida. Y así, con algunos silencios incómodos de por medio, pudiéramos deshacer de a poco las capas que le rodean; como un enigma que se va develando.