Las presencias

A las tres de la tarde, Juanjo tocó el timbre de casa y subió las escaleras con un sobre en la mano. Prendí el aire para alivianar el calor y puse una silla al lado de la mía. Seleccionamos sus imágenes preferidas de los rollos súper 8, las pusimos en orden. Estabamos armando la primera versión del teaser de Las ausencias. Conversamos sobre los modos de hacer, nuestro recorrido juntes, las formas en que pensamos el cine y tanto tienen que ver con nuestro cineclubismo quimero. Tuvimos pequeñas discusiones sobre puntos de vista en los que no coincidíamos. Bajamos la guardia y terminamos entendiéndonos. Las películas, a veces, están hechas de un buen diálogo que nos hace ceder. “Vas a cumplirme el sueño de editar material fílmico”, le dije finalmente.

La tarde llegó y ya teníamos cuatro minutos de súper 8 en silencio. Abrí las ventanas y, con esa luz tenue, Juanjo viajó otra vez a sus recuerdos. Estos últimos años lo hace seguido y yo, que tuve la suerte de conocer su pueblo natal, le hago chistes sobre qué pasaría si regresara a vivir a la casa materna, que ahora es suya. El problema es que allá falta la gente que lo quiere y la soledad puede ser más dura que cualquier cosa. Tampoco hay cineclubes; por eso imagino inviable la vida de un cinéfilo en San Gregorio. Él me cuenta de su hermano viejo y hosco que por las tardes toma mates en el portal de la casa de al lado. ¿La gente cambia alguna vez? ¿Es por la edad, por la conciencia del paso del tiempo? O será que lo único capaz de cambiarnos es que alguien nos quiera de verdad. Las preguntas quedan flotando en el aire. Y las imágenes súper 8 en el monitor.

Entonces me cuenta una anécdota vívida. Es una mañana de invierno en el tambo, a sus diez o doce años: una vaca tiene las tetas lastimadas por el frío, el padre la está ordeñando y la vaca, dolorida, da una patada y vuelca el balde con veinte litros de leche. El padre estalla de furia, le empieza a pegar al animal. La madre pide por favor que pare y, como respuesta, recibe otro golpe. Lo que viene después, es silencio absoluto. El padre desaparece todo el día, Juanjo y su hermano faltan al colegio, por la siesta no se prende la novela radial. Llega la tarde y el padre aparece en la lejanía. Está acodado en una tranquera, dice Juanjo usando palabras de allá. Él y su hermano ven la silueta de la madre saliendo de la casa. Lleva un mate en la mano. El padre lo acepta y lo toma. No hablan nada, no se dice nada. Es la época de los silencios.

Le pregunto a Juanjo si esto lo va a contar en Las ausencias, me responde que sí. Por un segundo me pongo retrospectiva: hace unos ocho años, cuando estaba editando mi primer largometraje, él fue uno de los primeros en ver El grillo. Recuerdo que salimos al patio y nos sentamos. Debía estar llegando el verano, porque todo era de un verde frondoso y húmedo. Juanjo tenía media sonrisa dibujada en el rostro. “Siga, que así está bien”, me dijo.

Se está haciendo de noche y tenemos que ir al estreno de Los pasos. Me cambio de ropa, me perfumo, cierro los postigones de la casa. Salimos apurades y buscamos a mi compañero. Ya estamos esperando un taxi en la esquina. En eso, un auto nos toca bocina: son la mamá y el hermano de Anita, que casualmente vienen desde Alta Córdoba y se dirigen al mismo lugar que nosotres. Subimos al auto y charlamos con alegría por ese encuentro inesperado, mientras cruzamos por la arteria principal del centro cordobés.

Entramos al Cineclub, esa casa del cine que últimamente es como una extensión de la mía. Juanjo presenta la función y Renzo dice unas palabras que se refieren a aquel aforismo de Bresson sobre el sonido de la locomotora y la estación de trenes. La última vez que editamos con Renzo fue hace al menos dos años. Es difícil expresar el tiempo que pasa entre el deseo de hacer una película y esta noche en la que, finalmente, el círculo de sentido va a cerrarse. Porque el cine no solo es una creación colectiva: también es ese espacio de encuentro con el otre. Terminar una película y no llegar al público, puede ser tan triste como ver un film en soledad y no tener a nadie con quien comentarlo.

La sala está llena. Nos sentamos adelante. La película comienza y con ella esa manera particular de atravesar el tiempo. Los pasos es formalmente precisa y narrativamente austera. A veces la quietud es densa, como una sustancia, y los personajes no tienen  posibilidad de moverse. Una cosa que me encanta es cómo pone en escena el trabajo doméstico: lavar los platos, cocinar, regar una planta, ordenar. La película lo muestra en lugar de elipsarlo, lo hace visible y le da cuerpo. Y además, la cámara intenta estar a la misma altura de las manos que hacen todo. Ese es otro de los grandes poderes del cine: ponernos frente a aquellas cosas que nos olvidamos que se hacen todos los días. Incluso, las que alguien hace por nosotres.

Esta mañana, un espectador a quien aprecio mucho me dijo que se había aburrido en un devenir insustancial y que la película era para él un río de nadas. Le respondí lo que pienso: que hay otras formas de habitar el tiempo y los vínculos. Un pequeño pueblo no es lo mismo que una ciudad, una casa silenciosa y medio vacía no es igual que otra llena de gente. No es lo mismo haber aprendido a transmitir afecto con el cuerpo que haber aprendido la distancia. El ritmo de una decisión por tomar es distinto al de una ya tomada. Le dije que las películas a veces nos piden un esfuerzo como espectadorxs, o nos proponen un corrimiento del lugar desde el cual estamos acostumbradxs a mirar. Para mí Los pasos está comprometida con su propio lenguaje. Y también expresa una forma de estar en el mundo: Renzo se crió en un pueblo entrerriano de tres mil habitantes, con su mamá y su abuela. Se me viene Fontán diciendo que el cine personal no es aquél que habla de mí sino desde mí.

Me gusta haber vivido ese día como un inicio y un final a la vez. Con los films de dos personas a las que quiero tanto y son compañeras de camino. Pienso en eso que hoy me resulta excluyente para decidir dónde vivir: el lugar donde se encuentran nuestras películas y nuestros afectos. Donde están las presencias.